¿Cómo es un día en la vida de un misionero?


Mucha gente me lo preguntaba antes de irme… y yo también me lo preguntaba mil veces: ¿Tendrán un horario fijo? ¿Qué hacen en un día normal?

La verdad… después de vivirlo, todavía no tengo una respuesta clara.

Porque en la misión no hay “rutina” como tal. Cada día es único, distinto, lleno de imprevistos. Pero si algo he aprendido es que la vida misionera no se mide por horarios, sino por entrega.

Es una vida en la que te vacías de ti misma, en la que dejas de mirarte el ombligo para empezar a mirar al otro… con los ojos bien abiertos, con el corazón disponible.

Es vivir el presente con intensidad: reír, llorar, escuchar, compartir, servir, acompañar... y dejar que todo eso te transforme.

Y en medio de todo, sentir a Dios tan cerca, tan real, tan presente, que te inunda una alegría profunda. Una alegría que no depende de que todo esté bien, sino de saber que Él camina contigo.

Si cierro los ojos y vuelvo a ese tiempo, me brotan un montón de palabras que resumen lo vivido: Alegría, gratitud, sorpresa, novedad, servicio, presencia, fe, sentido, adaptación, fraternidad, amor, acogida, apertura, desprendimiento, providencia, diversidad, Espíritu de Dios...

Cada palabra tiene una historia detrás. Cada una me recuerda una cara, una situación, una sonrisa, una herida, una oración.

Pero si me preguntaras qué fue lo más grande… te diría que fue descubrir el sentido de mi vida en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo escondido.

Sentir que Dios me llama a esto. Que esta forma de vivir —tan sencilla, tan humana— tiene sabor a Evangelio.

Y que no estoy sola: Él me da su Espíritu, me sostiene, me impulsa, y se hace presente en cada persona que pasa por mi camino.

Solo puedo decir:
¡Gracias, Señor, por tanto! Por dejarme experimentar que esta vida misionera no solo es posible… sino que es plena, hermosa, y llena de ti.


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